MIS NOMBRES PROPIOS

(Del País Vasco a Tandil)

 

Quienes se ven obligados a marchar al exilio, empujados por las crueles corrientes que los alejan de sus costas vitales, cargan con el dolor de la partida y la angustia de sentir que jamás volverán a su tierra.  A pesar de ello refugian en su equipaje interior los mejores recuerdos, aquellos que les hablarán siempre de los tiempos de sonrisas y  sueños. También se aferran a su suelo a través del lenguaje y de los nombres propios con los que llaman a sus cosas; en consecuencia con ello siembran en sus descendientes esos nombres para que estos los hagan propios. Este fue el caso de mi tía abuela, Pilar Pérez Zubizarreta, aquella vasca de Deba, que cargó mi vocabulario con sus nombres propios. Entre ellos está la palabra “quiosco” con la que ella denominaba a la construcción que está en la plaza de Tandil y frente a la cual pasábamos todas las tardes cuando me iba buscar al colegio. Muchas veces nos sentábamos en un banco y ella me contaba historias.

Pasados los años, el recuerdo de mi tía abuela Pilar cobró forma en mi novela Pompilio Madrigal. Mientras la escribía merodeaban por mi cabeza todos aquellos relatos. Una vez editada, la naturaleza existencial desató los vientos del desexilio y una suma de generosas voluntades se convirtieron en el velamen que me llevó a desembarcar con mi novela en Deba. Y entonces, ese pueblo se hizo origen hospitalario, me ofertó aquel cielo límpido poblado de sonrisas y sueños en ciernes que dejó al partir. Abrió las puertas de la casa en la que ella naciera, me mostró la farmacia de su padre y me ofreció generoso sus calles. Luego, paseando por la Alameda, me detuve un largo rato frente al quiosco y ahí, en ese suelo, en ese momento, una parte de mi identidad sonrió y el nombre vasco se me hizo propio.

Luego, al andar por las calles de Deba, sentí que aquellos vientos descorrían la melancolía que habitaba siempre en los relatos de mi tía abuela.

Más tarde, mientras estaba sentado en un banco de la Alameda, al ver pasar a una abuela con su nieto de la mano, tuve la sensación de que, cien años después, yo había traído a mi tía abuela de regreso a su pueblo, y que en algún lugar ella sonreía mientras contaba una historia.

Mi propio regreso

 

Entre las diversas rutas que mi tía abuela Pilar elegía para contarme historias, ejercía en mí una enorme fascinación la de su bolso azul. Generalmente esto ocurría los sábados antes de la cena, cuando yo regresaba de los juegos infantiles en la calle de tierra de Banfield. Visto hoy retrospectivamente, el hecho de no tener televisión en esa época resultó una verdadera fortuna. El menú de entretenimiento hogareño tenía como opciones la lectura de la revista Billiken, escuchar en la radio las aventuras de Tarzán y Poncho Negro. Si mis padres lo permitían, las desventuras de los Pérez García o si no, los relatos de mi tía que se desprendían de alguna de las innumerables postales que guardaba en su bolso y que para mí representaban un fantástico tesoro. Así fue como de su mano recorrí rutas y personajes reales o fantásticos de España, conocí a mágicos príncipes o a héroes de la guerra civil española. Y en el recorrido por las fotos antiguas de la familia me contaba de jueces, sacerdotes y de aquella poetisa llamada Narcisa, entre los más antiguos. De igual modo me hablaba de la profesión de boticario de su padre, de su madre María Zubizarreta que fue una figura saliente en la familia. Ya entre sus congéneres me contaba de las aventuras de su hermano Pompilio, de las dotes de fotógrafo y artista de Narciso y por supuesto de las andanzas de mi abuelo: veterinario, panadero, viajero, incluido su tiempo de permanencia en Londres, de cómo llegó tarde al embarque del Titanic. También de su condición de Alcalde Republicano de Morata de Tajuña, cuando en el pueblo lo llamaban el padre de los pobres y las posteriores y duras consecuencias de ello.

Sacaba también de su bolso postales de Deba, su pueblo, me contaba que allí había nacido ella, y se le iluminaba la cara resaltando su condición de vasca.  Ponía el acento en su apellido Zubizarreta, y a mí se me iba haciendo propio.

Muchos de quienes portan el apellido Pérez Zubizarreta han llevado adelante el ejercicio de distintas artes. De todas ellas me detengo en quienes cultivaron y cultivan la fotografía, como es el caso de la hija de Narciso, María Teresa Pérez Zubizarreta Sánchez, que a su don por la pintura agregó el arte fotográfico y editó sobre ello varios libros. De todos esos libros tengo en uno que me dedicó con natural cariño y que se llama “La memoria quieta”. Y entonces me pongo a pensar en esa quietud de la foto y se me ocurre que a la que encabeza este relato el destino me hizo ponerle un singular movimiento que atravesó tiempo y distancias. Este se me hizo visible cuando en junio de dos mil dieciséis yo llegué a Deba por primera vez. Al pisar el andén, mi memoria emotiva se sacudió y aquella vieja foto de mi tía abuela, que aún conservo, cobró súbitamente movimiento para darme la bienvenida al que al partir de allí también sería mi propio pueblo.

HADAS VASCAS Y CASUALIDADES

 

Llego al aeropuerto muy temprano. Me dirijo hacia el lugar en el que siempre como y me tomo un tiempo para elegir el vino. La presentación del libro ha sido muy exitosa y amerita emprender el regreso con un buen tinto y una rica comida. Mientras como observo la fila de viajeros imaginando distintas historias. Llegado el momento voy a despachar el equipaje e ingreso a la sala de preembarque.

Finalmente, con la proa puesta en la partida, me siento en una cafetería, tomo la lágrima que pedí y dejo volar libremente mi imaginación. A través del ventanal observo el cielo, me detengo en una nube que me sugiere una playa bañada por las olas. Esto me transporta a La Villa muchos años atrás y me veo en la arena, alrededor de un fogón, mirando embelesado a Gabriela tocar la guitarra. El momento queda como suspendido y solo la veo a ella, con su melena apenas movida por el viento. La evocación trae a mi mirada viejas lágrimas; me levanto y empiezo a andar. Mientras camino, su recuerdo se hace más presente; no se que ocurriría hoy si no nos hubiéramos separado, pero tanta ausencia suya hace que la vea como la suma de todas las perfecciones. Recuerdo en particular aquel cuento que empezáramos a escribir juntos sobre una alegoría del amor apoyada en la figura de un hada que cobra forma humana al enamorarse de un joven revolucionario. La idea se correspondía con aquellos tiempos, corría el año sesenta y ocho. En realidad nunca avanzamos más allá del nombre de la pareja: Lamiñak, una hada vasca, Augusto, el joven revolucionario y de la idea general de la trama que mezclaba revolución, amor y solidaridad. Pasados unos meses nos separamos, para ir volviéndonos recuerdo. Años después vino el tiempo de la oscuridad, Gabriela abandonó su forma humana y como los torturadores no pudieron con su alma, hoy seguramente habita el territorio de las hadas buenas. Yo me ausenté del país y anduve demasiados caminos hasta llegar aquí.

El momento se va disipando y me dirijo a la zona de la puerta de embarque. Veo un cartel que anuncia la partida de un vuelo a Irlanda. Llegan los pasajeros de ese vuelo y comienzan a esperar. De repente mi vista se detiene en una joven sentada en el piso, un escalofrío me recorre la espalda, su parecido con Gabriela es notable. La miro con tanto detenimiento que ella lo advierte y levanta la vista. Avergonzado, desvío la mirada. No puedo evitar volver a mirarla, lo hago con el mayor disimulo posible pero ella se da cuenta. Pensando que aguardamos el mismo vuelo esboza una sonrisa, como compartiendo conmigo la impaciencia. Me acerco a ella e iniciamos conversación. Me entero de que es vasca, de Vitoria, me cuenta que es violinista, que va a Irlanda a formar parte de una orquesta de música celta. Le digo que se parece mucho a alguien que conocí. Conversamos un rato. Finalmente anuncian el embarque de su vuelo, la fila comienza a moverse y ella, con la misma espontaneidad que caracterizaba a Gabriela, se despide dándome un beso en la mejilla. Me quedo viendo cómo se aleja, de pronto, saca un libro de su bolso, regresa corriendo hasta mí, me lo entrega y vuelve a la fila.

Fue todo tan rápido y quedé tan conmovido que, recién pasado un momento miro el libro y veo su título: La Lamia enamorada (Leyendas de hadas vascas).

Renovar

 

Aquellas lejanas tardes en Banfield eran ceremonias cargadas de encanto: transcurrían iluminadas por la luz que tienen los momentos ideales, melodiosos acordes de risas infantiles inundaban el aire, a la salida del colegio las calles de tierra se vestían de juegos y luego, la merienda se engalanaba con relatos de abuela. Las zanjas que corrían junto a la acera se transformaban en ríos en los cuales era posible bañarse dos veces, los potreros se convertían en bulliciosos estadios en los que la ilusión ganaba por goleada. Entre los cañaverales encontraban refugio aventuras heroicas, al conjuro del jazmín aparecían urgentes los primeros amores y al cobijo de frondosos árboles se intercambiaban promesas de amistad eterna. Al final de la cuadra, por cuerdas de plata, se trepaban los trenes y al caer la tarde se levantaba la palabra en coloquios ingenuos, liberando esperanzas de un mundo mejor. Así, apacible, discurría la vida.

Si pasados los años y a pesar del esfuerzo de los agentes del tiempo, de los refutadores de ideales, de los acalladores de risas, de las frías oleadas de asfalto que secaron las calles ahuyentando los ríos vitales, de tanto sicario de palabra en cierne, sucede que con el alma atenta se recorren los senderos de la geografía interior para recuperar los relatos de la merienda, lo vital de los sueños sanará las heridas, se escucharán nuevamente las risas, será posible bañarse en el mismo río, volver a ganar de local, permitir que el jazmín renueve el buen amor, cumplir las promesas vencidas y descubrir entonces como las mejores palabras continúan sosteniendo esperanzas de un mundo mejor. Así, renovada, proseguirá la vida.

Imagen de Elias Sch. en Pixabay

En el umbral

 

Tengo la sensación de que las personas que cruzan delante de mí no me ven, aunque yo sé que no es así, simulan no verme, me evitan, están prevenidos por si se cruzan conmigo, me tienen miedo, aunque parezca mentira piensan que puedo hacerles daño. No saben qué hace ya mucho tiempo otros se ocuparon de mí convirtiéndome en esto.

Recuerdo el barrio, las calles de tierra, los sauces llorones, la tarde, el cañaveral, el calor, el olor a mandarina, los juegos infantiles, los gritos de los chicos cuando jugábamos, mis gritos alegres.

Hoy, a quienes pasan cerca de mí no les gusta que grite, se sobresaltan, no comprenden, no les gusta mi apariencia, se hablan entre sí, no saben qué hacer, tampoco se animan, no quieren comprometerse. No me importa lo que hagan, no les tengo miedo, ya no me pueden hacer más de lo que aquellos otros me hicieron.

El sol se ponía cuando regresaba a casa después de jugar a la salida del colegio, antes de entrar, a veces, yo sacudía el árbol que estaba frente a la zanja para ver si caía una granada, me gustaba mucho esa fruta, me divertía cuando mi madre simulaba enojarse mientras limpiaba  de mi cara las huellas rojas que daban cuenta de mi banquete.

Ahora a ellos les molesta si mi boca se mancha cuando como o bebo, miran mal la caja de vino, les da asco, no va con sus buenas costumbres. Son unos hipócritas, seguro que hacen cosas mucho peores. Deben tener muy sucia el alma

Otras veces, cuando entraba a casa, iba al piso de arriba, a la pieza de mi hermanito, me encantaba verlo dormir en su cuna. En ocasiones llegaba cuando mamá lo estaba bañando, ella me dejaba ayudarla, después me mandaba a mí a que me bañara.

Hoy les da asco que no me bañe, hacen caras, mueven la cabeza, no me importa, les saco la lengua. No tengo casa, este lugar es mi hogar, no tiene baño, ¡mamá no está¡, ¿dónde está?

Cuando volvía de la escuela, tomaba la merienda, me gustaba mojar la galleta de trincha en la taza de leche con Vascolet. Escuchaba en la radio las aventuras de Tarzán y después hacia los deberes. Durante la cena mis papás escuchaban el programa de los Frunfrunos, me dejaban escucharlo con ellos, ¡pobres Frunfrunos, cuantas cosas les pasaban!

Este lugar está cerca de una escuela, las señoras van a buscar a sus hijos, la mayoría ni me mira, solo algunos pocos niños me sonríen muy de vez en cuando. ¿Les gustará tomar la leche? ¿Escucharán las aventuras de Tarzán? Yo hace mucho que no las escucho, no tengo radio.

Me gustaba ir a la secundaria, el colegio quedaba cerca de casa, me entusiasmaba estudiar Historia. Cuando volvíamos del colegio me quedaba charlando con Verónica en el umbral de su casa. Hablábamos de las injusticias sociales, nos preguntábamos que podíamos hacer para ayudar a que todo fuera más justo. Ella se enojaba mucho con los ricos, decía que podrían repartir algo de lo   que tenían entre los más pobres. ¡Que linda que era Verónica!, que bien le quedaba el jumper gris.

Por delante de donde estoy ahora veo pasar muchas chicas de jumper gris, todas igualitas a Verónica, las acompañan muchos chicos igualitos a mí, van gritando y cantando, los llamo, me contestan mal, me amenazan, se burlan de mí, no me gusta, me da miedo que me peguen, me acurruco, me hago chiquitito. Escondo la caja de vino.

Me gustaba subir a la terraza de mi casa y desde ahí hablar con Verónica mientras ella tendía la ropa que había lavado su mamá. Qué bueno que era sentir el perfume a limpio que salía de la ropa,  era el mismo olor que tenía Verónica. Ella tenía el alma limpia.

Mi ropa está sucia, hace mucho desde la última vez que la lavaron, fue cuando me llevaron a la comisaría porque algunas personas se quejaron. Hace un rato una señora me trajo una camisa limpita con muy rico olor, que raro, seguro que la van a retar porque hizo eso.   Me la pongo, ¡qué bien huele! Mi alma esta triste.

¡Que linda la fiesta de egresados!, estábamos todos muy contentos. En el salón del club del barrio no cabía un alma más. Verónica se veía esa noche mas linda que nunca, estaba tan hermosa que tenía miedo de perderla y me animé a decirle que la quería, que quería ser su novio. ¡Qué lindo fue el primer beso!

Las chicas igualitas a Verónica y los chicos igualitos a mí vuelven a pasar delante del umbral, las chicas no usan jumper ni los chicos uniforme, pero llevan cuadernos y libros, algunos chicos le dan besos a algunas chicas, eso me da alegría, los miro y me río, los aplaudo, me acerco, se enojan, me insultan, me quieren pegar, me escapo y salgo corriendo.

¡Qué lindo era andar de novio con Verónica! Íbamos a la facultad, estudiábamos Abogacía. A mí me gustaba más Historia, pero quería estar cerca de ella. Volvíamos todas las noches caminando desde la estación hasta nuestras casas. A ella le seguían preocupando los pobres, trabajaba en la acción católica, salía a las villas a hacer tareas de ayuda, yo la acompañaba siempre, tenía miedo que le pasara algo.

A la vuelta hay una iglesia a la que a veces voy para que me den de comer.  Hay un acto, se juntó mucha gente en la puerta, tienen carteles, prometen cosas, suenan bombos, se juntan todos y salen por la avenida cantando y gritando, van para el centro. Hay elecciones.

Verónica andaba muy excitada, el General finalmente estaba por volver. Ella decía que venían muy buenos tiempos, que por fin habría justicia social. Tan entusiasmada estaba que se había afiliado al partido. Como siempre yo la seguí, haciendo lo mismo.

Hay mucha alegría en la calle, y no es solo por las fiestas, parece que alguien ganó las elecciones. Es navidad, en la iglesia nos dan pan dulce y turrón. Yo consigo vino.

El General había vuelto, era presidente y la gente estaba alegre. Verónica trabajaba mucho y yo la ayudaba, frecuentábamos las villas, formábamos comisiones, visitábamos a los supermercados, controlábamos que no escondieran mercadería y que no cobraran de más. Verónica estaba muy contenta. Y yo era feliz.

Otra vez está por llegar la navidad, la gente ya no canta, hay mucho lío, dicen que en el centro andan a los tiros, que hay muertos, parece ser que el presidente renunció. Algunas mujeres dicen que vienen tiempos difíciles, que tienen miedo.

Era navidad, estábamos tristes, el general había muerto, se había equivocado con las personas que había elegido y las cosas iban cada vez peor. Papá había puesto luces y adornos en el pino del jardín de adelante. Papa Noel iba a venir igual, a mí me gustaba. Le había comprado un regalo a Verónica, pero ella tenía mucha pena. También estaba asustada, se hablaba de violencia, de persecución de nosotros, éramos los zurdos de mierda. Yo le decía que la iba a cuidar, que no le iba a pasar nada.

En la calle hay muchos policías, muchos patrulleros, la gente anda seria, no me gusta, tengo miedo, me escondo, no quiero que me vean. Me ven igual, me caen mal sus uniformes, los insulto, les grito, me quiero escapar, me corren, me alcanzan, me llevan arrastrando, les sigo gritando, me tapan la cabeza, me meten en el auto, andamos un rato, llegan a la comisaría, me bajan, me tiran en una celda, cierran, me dejan solo. Lloro y lloro. Llamo a mamá, a Verónica, me gritan que me calle, me duermo.

Ya habíamos cenado y abierto los regalos, estábamos sentados con Verónica en la puerta de su casa. De repente llegaron, aparecieron de golpe, tenían fusiles, eran muchos, les gritaba, les pedía que me llevaran a mí, no a ella, pero parece que no escuchaban. Primero nos pegaron, después nos subieron al auto. Llegamos a un lugar con un sótano, nos separaron.  Estaba oscuro, se escuchaban desgarradores los gritos de Verónica, ¡qué desesperación! Grité que no le hagan nada, supliqué, lloré, pero nadie me hacía caso, me puteaban, me golpeaban. Finalmente me desmayé.

Vienen a la celda, me sacan, me llevan a un patio, dicen que huelo mal, me manguerean, no me gusta. Me vuelven a la celda, me quedo quieto, no me importa nada. Verónica ya no está, ¿dónde estará?

La veía entre sombras, eran varios, la violaban, me miraban, se reían. Yo gritaba, venían, me tiraban en un elástico, tenían cables, me los apoyaban en el cuerpo, la corriente me dolía, me quemaba. Me abrían la boca, buscaban la muela, ponían el cable, explotaba el dolor, me enceguecía una luz y luego... oscuridad total.

Vuelven una vez más a la celda, me sacan al salón de entrada, me tratan de linyera, de croto apestoso, me dicen que me vaya, pero que no joda más en la calle, porque si me vuelven a traer me van a cagar a palos. Salgo a la vereda, hace mucho calor, la barba me pica mucho ¿serán piojos otra vez? De nuevo estoy libre. ¿Libre?

Había pasado demasiado tiempo. Otra vez la luz y yo tirado casi sin fuerzas en el suelo de aquel sótano. Creí estar sólo, pero aparecieron. Me agarran como a una fiera y me tiran en la caja de una camioneta. Viajamos un rato hasta que siento el ruido de los frenos. Ellos se bajan, me empujan, me tiran sobre el lodo. Creo estar a orillas del riachuelo pero no llego a comprobarlo, justo antes sacan un arma, discuten y me golpean con la culata en la cabeza. No se cuánto tiempo estoy así, me incorporo, me alejo del lugar, no sé adónde ir, renace la oscuridad.

Camino por la calle, al sol, todavía tengo húmeda la ropa, pido, consigo unas monedas, me compro una caja de vino, pronto va a estar todo bien. Llego a la plaza, hay mujeres con pañuelos blancos en la cabeza, se parecen a mi mamá, me acerco a una, le grito mamá, la llamo, me mira, no me hace caso. Veo a un policía, me alejo. Estoy de vuelta en el umbral donde duermo, le pusieron rejas, ¡qué rabia!, me encerraron otra vez. No importa, ya conseguí monedas, ya tengo otra caja de vino…ya me la tomé toda, ahora si me siento bien. Me levanto y camino de nuevo, descubro que allá a lo lejos y al final están las vías. ¡Qué lindo es caminar sobre ellas!, Soy un equilibrista, soy… ¡qué raro! esa es la voz de Verónica, pronuncia mi nombre, me está llamando, viene en el tren, justo detrás de esa luz que me va a llevar hasta donde está ella, me abalanzo a su encuentro.…

Encender la ilusión

 

Fue una tarde de otoño cuando se cruzó estimulante por la vereda de mi sensibilidad, yo buscaba un rastro de vida... una promesa perdida. Así fue qué, dejándome llevar por su sugerente apariencia, me acerqué: su silueta insinuaba una métrica de emociones y su cielo cargaba un cúmulo de esperanzas. Cuando de los pliegues de sus estrofas comenzó a brotar el sentimiento de sus versos, se iluminó mi búsqueda, la huella se hizo sendero y aquello prometido se tornó certeza. Una vez más, la poesía renovó sus votos y un poema volvió a encender la ilusión.

Camino

 

El Peregrino se detuvo por un momento frente al doloroso recodo, observó las huellas que dejaron las lágrimas, juntó una a una las sonrisas caídas, las arropó con recuerdos, se apoyó en su báculo con forma de poema y reanudó la marcha por el camino de la esperanza.

Soledad

 

“— Son tantas las botellas echadas a navegar, tratando de contar lo que nos sucede, que parecería poco probable que haya tiempo y personas para leer tantos relatos, pero bueno... cuanto menos esto permitirá que le vayamos ganando tierras a los océanos de soledad."

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