LOS CAMINOS QUE ANDUVO EL ABUELO

            Una tarde, en mi niñez pueblerina, viví uno de esos momentos que asombran a la mirada infantil generando preguntas. Armando Grapér tuvo con ello un especial vínculo.

            Todas las tardes, mi tía abuela me iba a buscar al colegio y de camino a casa nos deteníamos en la plaza frente al edificio del diario. Yo jugaba a la bolita con mis amigos y durante un rato los gritos de “hoyo” y “quema” dominaban la escena. Al finalizar, alguno de nosotros sonreía feliz al ver engrosado su patrimonio de bolitas.

            Terminado el juego, cruzábamos la calle y en habitual rutina ella se detenía frente a la vidriera del Diario. En cada ocasión yo veía como reaparecía, escrita con letras de molde blancas, la pizarra negra que poco antes estuviera vacía. Esto me llenaba de asombro y, mientras deletreaba las frases, elaboraba fantasiosas teorías sobre quien las habría escrito.

            Poco después, mi tía abuela falleció.  Mis abuelas y abuelos murieron antes de que yo naciera y ella llenó con creces ese vacío. Sentí mucho su muerte. A partir de ahí comencé a volver solo a casa y me fui alejando de los juegos. Por ese tiempo empezó a ganar terreno en mí una tristeza que maniataba mis ganas.

            Cuando empecé la facultad me puse a buscar trabajo, en casa no sobraba la plata. Tuve la suerte de que me ocuparan en el Diario. Mi tarea consistiría en recibir los avisos y definir la ubicación que tendrían en las páginas. La primera vez que entré fue como cruzar la frontera entre realidad y fantasía, ya que el mostrador en el cual atendería a los clientes estaba del otro lado de la pizarra que me asombrara en aquellas tardes.

            La primera jornada, cuando por la tarde Armando Grapér entró al salón, la respuesta a aquel interrogante infantil se paró frente a mí enérgicamente y con aire campechano, saludándome sonriente con la identidad de abuelo que le daban sus casi setenta años. En ese momento, comencé un aprendizaje a través del cual escucharía en su voz un sinnúmero de pensamientos y anécdotas que proveerían respuesta a muchos de mis nuevos interrogantes. 

            Cada tarde, él tomaba la caja repleta de letras y con particular maestría escribía en la pizarra las noticias más salientes. Mucho más valor que la información tenían para mí las reflexiones que don Armando hacía a partir de ellas. Creo que a la vez él disfrutaba de haber encontrado en mí un oyente atento.

            Pasados unos meses comencé a anotar lo que él decía. Frases como: “correr los límites agranda la ilusión” “la rebeldía es la esperanza en acción” o “no le tengas miedo a tropezar, temele a no caminar” se convertían en puntos de referencia a los que yo acudiría frente a alguna encrucijada existencial.

            Escucharlo despertó en mí un anhelo escritor y comencé a garabatear algunos poemas, en su mayoría cargados de melancolía. La tristeza seguía ganando terreno en mí y se reflejaba en los versos. Una tarde, él me descubrió en esa tarea y me contó que estaba escribiendo un libro con las historias que había juntado y que soñaba editarlo. Aunque recién lo había comenzado ya tenía el título: “Los caminos que anduvo el abuelo.”

            Su acompañamiento fue muy importante cuando me rechazó Esther, la compañera de facultad de la que estaba profundamente enamorado, sintiendo entonces uno de esos dolores que parece imposible superar. Él me decía que una buena manera de disiparlos era volcándolos en un poema, echándolos a volar en el papel. Era un gran recitador y para reforzar sus dichos solía decir versos del Martín Fierro.

            A partir de ese momento surgió entre nosotros una especie de complicidad. Él me estimulaba a escribir y a la vez me mantenía al tanto de sus avances en el libro, su ilusión de editarlo era cada vez mayor. Yo le ofrecía mi escucha atenta y me daba cuenta de que cada uno de los relatos que él escribía era resultado de alguna búsqueda personal. Me decía: “perseguir sueños no garantiza alcanzarlos, pero enaltece el andar.”

            Terminaba el año setenta y seis y los acontecimientos de ese tiempo profundizaban mi tristeza. No entendía el porqué del horror que estábamos viviendo y me angustiaba cada vez más. Provocaba desesperación enterarme de cómo se llevaban a tantas y tantos. Mi propia tristeza y temperamento habían hecho que yo no aceptara militar en una de las organizaciones de la época. Consecuentemente, sentía una extraña culpa, como si sobrevivir fuera el resultado de un acto de cobardía. Durante varios meses esta sensación me llenó de pena y él apeló a todos sus recursos filosóficos y dialécticos para sacarme de ella. Poco a poco fue consiguiéndolo. 

            Nuestra complicidad era cada vez mayor y él cada vez se entusiasmaba más con editar el libro. Se quejaba porque avanzaba muy lento, pero igual sostenía que prefería llevarlo despacio, para que cada relato llegara al papel con el punto de maduración justo. Decía que el día en el cual lo tuviera en sus manos sería para él la ceremonia con la que honraría la vida, y dejar un libro escrito la forma en la que burlaría a la muerte.

            Así fueron pasando los meses, el salón donde trabajábamos resultaba para mí una especie de refugio filosófico y don Armando un maestro de vida. Llegó agosto del setenta y siete y con él mi cumpleaños número veintitrés. Ese viernes lo invité a la fiesta familiar, él ya era familia. Fue ese un hermoso cumpleaños. De regalo me trajo El mito de Sísifo, de Albert Camus. Con lápiz había subrayado la frase del comienzo: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía.”

            La tarde del martes de la semana siguiente él no llegó al trabajo. El Jefe de Redacción trajo unas noticias pidiéndome que cubriera a don Armando y que las escribiera en la pizarra. No exento de preocupación, en estos cinco años él jamás había faltado, escribí las noticias diciéndome que a la salida iría a verlo para ver si necesitaba algo ya que vivía solo. Un rato después regresó el Jefe de Redacción y con llanto en la voz nos contó que don Armando había muerto de un infarto.

            Semanas después, mientras escribía en la pizarra las noticias, me acordaba de aquello que una vez yo le dijera sobre que sentía a la tristeza como una marea que subía más que lo que bajaba. Como si él me estuviera respondiendo, en mi cabeza resonaron dos de las últimas cosas que me dijera: “mira pibe, evitá por todos los medios posibles convertirte en tu propio laberinto” y “La vida parece una sucesión de preguntas que nos empecinamos en responder, y tal vez de eso se trate vivir, de empecinarse.”

            A fines de ese año, unas semanas antes de las fiestas, me puse a organizar sus relatos que me habían quedado y las reflexiones de él que había anotado. Me detuve en esta: “a veces la mejor prescripción es tomar decisiones.” Cuando terminé de leerla supe lo que tenía que hacer, junté todas las hojas que yo había escrito con sus reflexiones y también las de sus relatos, fui a la oficina de personal y renuncié al empleo. 

            Con mi tristeza a cuestas me largué a andar caminos y fui a Tucumán, lugar que aprendí a querer a partir de los relatos de mi padre, que había vivido allí. Una vez terminados mis ahorros conseguí trabajo de viajante y empecé a recorrer el noroeste. En uno de los viajes me enamoré de la mujer que sigue siendo mi compañera, empezamos a caminar juntos la vida y tuvimos dos hijas y dos hijos. A partir de ese tiempo la tristeza cambió su vaivén y me ofreció una tregua.

            En una celebración del día del niño mi esposa propuso que para darle los regalos a nuestros hijos organizáramos una búsqueda del tesoro. Me gustó la idea, me senté en el patio bajo un amigable sol invernal y me puse a escribir las pistas. Mientras lo hacía, imaginaba las caras que pondrían cuando llegaran a los juguetes y me sentí extrañamente feliz. Eso me llevó al recuerdo de una de las frases de don Armando: “a veces, con la tibieza del sol es suficiente.”

            Al año siguiente nos trasladamos a Buenos Aires y la vida siguió su derrotero, mezclando vivencias. A mi pesar, aquel anhelo escritor de la juventud se marchó al exilio, la lectura ocupó su lugar y la voz de don Armando se convirtió en un lejano recuerdo. Los chicos fueron creciendo, regalándonos alegrías. Llegado su tiempo empezaron a andar sus propios caminos. Un día, mi esposa y yo comenzamos a transitar la abuelidad y apareció el tiempo de volver a contar cuentos.

            Hoy, en el umbral de mis setenta años, la tristeza anda intentando recuperar su vaivén. Es este un raro tiempo donde el almanaque parece un mazo en el que se mezclan azarosamente los días y el correr de las horas es un inventario de anhelos pendientes. Así es que, del interior de una vieja valija saco unas hojas a las cuales los años tiñeron de color tiempo, que contienen los relatos y reflexiones de don Armando. Mientras las leo vuelvo a escuchar su voz diciéndolas, y aquella ilusión suya de editar su libro se para desafiante frente a mí.

            Las conversaciones que durante cinco años tuvimos y la fuerza de insistirle a la vida que él transmitía reaparecen, interpelándome. El recuerdo de lo que me dijera acerca de que editando su libro fantaseaba con engañar a la muerte me trae la respuesta a esa interpelación. Entonces, tomo una decisión que nos convertirá de nuevo en cómplices, alejando mareas y uniéndonos en un propósito común. Para ello, junto las hojas, las ordeno, prendo la computadora, abro un archivo de Word y en la primera página escribo el título del libro que las incluirá y en el cual contaré sobre caminos e historias:

LOS CAMINOS QUE ANDUVO EL ABUELO

(Reflexiones y relatos de Armando Grapér)

Encender la ilusión

 

Fue una tarde de otoño cuando se cruzó estimulante por la vereda de mi sensibilidad, yo buscaba un rastro de vida... una promesa perdida. Así fue qué, dejándome llevar por su sugerente apariencia, me acerqué: su silueta insinuaba una métrica de emociones y su cielo cargaba un cúmulo de esperanzas. Cuando de los pliegues de sus estrofas comenzó a brotar el sentimiento de sus versos, se iluminó mi búsqueda, la huella se hizo sendero y aquello prometido se tornó certeza. Una vez más, la poesía renovó sus votos y un poema volvió a encender la ilusión.

Camino

 

El Peregrino se detuvo por un momento frente al doloroso recodo, observó las huellas que dejaron las lágrimas, juntó una a una las sonrisas caídas, las arropó con recuerdos, se apoyó en su báculo con forma de poema y reanudó la marcha por el camino de la esperanza.

Soledad

 

“— Son tantas las botellas echadas a navegar, tratando de contar lo que nos sucede, que parecería poco probable que haya tiempo y personas para leer tantos relatos, pero bueno... cuanto menos esto permitirá que le vayamos ganando tierras a los océanos de soledad."

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